La cultura adquiere formas diversas a través del tiempo y del espacio. Esta diversidad se manifiesta en la originalidad y pluralidad de las identidades que caracterizan a las sociedades y los grupos que componen la humanidad.
La diversidad cultural amplía las alternativas, alimenta diversas capacidades, valores humanos y cosmovisiones y permite que la sabiduría del pasado nos prepare para el futuro. La diversidad cultural puede impulsar el desarrollo sostenible de los individuos, comunidades y países.
No es algo nuevo: la cultura siempre ha nacido y se ha enriquecido con las mezclas, y las fronteras nunca han sido impermeables.
La diversidad cultural nos brinda una oportunidad de crecimiento, tanto personal como colectivo. Las diferencias en creencias, valores, lenguas, proyectos familiares y orígenes nos ayudan a crecer y nos abren posibilidades inéditas que de otra forma no tendríamos.
A veces nuestra sociedad parece confundir integración con asimilación: la segunda no reconoce lo positivo de la diversidad cultural, mientras que lo primero contempla la posibilidad de la presencia de más culturas dentro de la misma sociedad. El mundo actual demanda personas que sepan reconocerse en sus diferencias y generar valores compartidos.
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